Alberto Rodríguez cierra su Trilogía de las cloacas


Alberto Rodríguez ha construido en seis años una magnífica trilogía sobre las cloacas de la España nacida de la Transición. Grupo 7 (2012) enseñó la lucha antidroga para limpiar Sevilla de yonkis antes de la Expo. Junto a las marismas del Guadalquivir se revisó la supervivencia del franquismo institucional en La isla mínima (2014). Y cerrando el ciclo (hasta nuevo aviso), Rodríguez y Rafael Cobos firman un guion cercano al género de espías con la fuga y entrega de Roldán como escenario para El hombre de las mil caras (2016).

El escándalo del director general de la Guardia Civil fue un duro golpe al felipismo ya decadente. El jefe de los tricornios fue destituido poco después de revelarse su enriquecimiento ilegal, pero el daño siguió afectando exponencialmente al Gobierno tras su huida a Francia y debido a la incapacidad para encontrarle. Para entonces, Francisco Paesa era dueño de la situación y había desplegado su arsenal de destrezas y contactos para aislar a Roldán de las influencias del Superministro de Interior y Justicia Belloch. Rodríguez y Cobos plantean una partida de ajedrez entre sombras donde solo hay intereses personales, ni rastro de intenciones limpias de detener al ladrón: "el thriller solo es interesante cuando se difuminan las fronteras entre el bien y el mal con personajes al límite", en palabras del director.

El personaje que más pone a prueba la ética del espectador es Paesa, un sospechoso habitual de la estafa y ahora interpretado por un soberbio Eduard Fernández. A él recurren el prófugo para esconder su patrimonio y a él terminará recurriendo el Gobierno para intentar detener a Roldán. Paesa escucha y sonríe mientras sus interlocutores desnudan sus vanidades, que es de dónde tratará conseguirá sacar beneficio propio. Da incluso pena ver a Luis Roldán (también impecable Carlos Santos) sobrepasado por la situación, indefenso ante los juegos del tiburón al que confió su seguridad.

Esta película sabe a documental, y no solo por la voz de José Coronado como narrador contextualizando maniobras y personajes. La narración incluye un recurso tan potente como el archivo histórico de informativos, así podemos ver el desarrollo del caso contado por caras tan reconocibles como las de Pedro Piqueras o Ana Blanco veinte años atrás. El hombre de las mil caras es un excelente broche a esta trilogía de las cloacas de estado y será complicado que envejezca como retrato de una época. Creo que le falta la chispa del suspense porque conocemos los sucesos reales, pero no es nada que no resuelva el paso del tiempo.

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